Mi caminar por la Izquierda

Mi caminar por la Izquierda
Carlos Navarrete De Frente AQUELLA NOCHE del 2 de julio de 2000 todo se me vino encima. Mis sentimientos viajaban de la alegría a la tristeza. Todo junto. Todo al mismo tiempo, sin posibilidad de separarlos. Esa vez yo manejaba mi Dodge modelo 97 y me dirigía a la vieja sede del PRD, en Monterrey 50. Había dejado la casa de campaña del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas poco después de las siete de la noche. Circulaba por avenida Chapultepec cuando decidí sintonizar la radio. Estaban anunciado que el presidente Zedillo daría un mensaje a la nación. Hablaría de la elección presidencial. Para escucharlo bien, sin prisas, me orillé casi frente al acueducto. Fue un impacto brutal. La voz de Zedillo retumbó en el coche y en mis oídos, y provocó que todas mis emociones se movieran como badajo de campana: el gusto por la derrota del PRI... el sabor amargo por la derrota del PRD. Y me dije: veinticinco años luchando por buscar el cambio y le toca a otro ser el que se lleva las palmas. Todo esto que inició en 1988, que habíamos sembrado desde la izquierda, lo cosechaba Vicente Fox y los de la derecha. Y me preguntaba: ¿ganamos?, ¿perdimos? Las dos cosas.

En mi auto hice el recuento de veinticinco años de esfuerzo. Mis primeros pasos en Guanajuato. El PST, el PMS, el PRD. Las tres campañas de Cárdenas y su victoria en la Jefatura de Gobierno. La dirigencia nacional. Todo. Entonces recordé aquel momento en que yo había decidido entrar de lleno a la política.

Fue una tarde de 1976, en Celaya. Había invitado a Rosa María a salir. Ella me tomó del brazo y caminamos por la avenida principal. Todavía no nos casábamos y yo tenía apenas un año de haberme incorporado al PST. Los dos éramos muy jóvenes: ella andaba por los diecisiete años y yo en los veinte.

—Tengo vocación política —le dije en la caminata—, ése es mi gusto y mi convicción, pero tenemos que tomar una decisión: ¿qué va a ser de nuestras vidas?

Le planteé los dos caminos. El primero consistía en que ella terminaría la carrera de enfermería, yo seguiría trabajando en la Secretaría de Hacienda, conseguiríamos un pequeño crédito para un departamento, esperaríamos los hijos, compraríamos un carrito en abonos, y dentro de treinta años ambos nos podríamos jubilar. El segundo era que yo me fuera por la militancia política sin saber a dónde nos llevaría.

—No tengo nada que ofrecerte —le dije—, quién sabe qué vaya a pasar con nosotros.

Ella me escuchó pacientemente, como si después de lo que le decía fuese a presentar un examen. Entonces me dijo:

—Mira, Carlos, yo creo que hay que hacerle caso a nuestra conciencia y a nuestro corazón, contra todo y contra todos. Ya sabes que te amo y cuentas conmigo. Ésa es mi decisión: estar juntos y caminar la vida, aunque no sepamos para dónde nos lleve.

 

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CUANDO LLEGUÉ a la Ciudad de México me enteré de lo que se trataba: invitados por Heberto Castillo y Gilberto Rincón Gallardo, se nos proponía, a la gente que veníamos del PST, sumarnos a la formación del Partido Mexicano Socialista como el sexto afluente. Ahí entramos Jesús Ortega, Graco Ramírez, Miguel Alonso Raya y yo, entre otros. Los otros cinco afluentes para unir a toda la izquierda eran el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), que encabezaba el proyecto; Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT) de Heberto Castillo, los del Movimiento de Acción Popular (MAP) como Arturo Whaley, José Woldenberg y Pablo Pascual Moncayo; los del Movimiento Revolucionario del Pueblo (MRP); los Cívicos de Guerrero, fundado por Genaro Vázquez; y los del Partido Patriótico Revolucionario (PPR), que antes había sido la Liga Socialista. Ahí encontramos a dirigentes como Camilo Valenzuela y Jesús Zambrano.

Recuerdo que al volver a Celaya le dije a mi mujer que me preparara ropa para diez días. Ella me miró orgullosa porque sabía que la actividad política había regresado. Me trepé al desvencijado Topaz que tenía y, con unos amigos, conseguí algo de gasolina. Me arranqué a Cortázar, a Abasolo, a Pénjamo y a todo el norte del estado. Hablé con los colonos, con los grupos campesinos, con los dirigentes, y comencé a invitar a la gente a ser parte del PMS. Tres meses después, Gilberto Rincón presidió el congreso fundacional del PMS en Guanajuato y me eligieron secretario general.

EN EL PMS habíamos elegido a nuestro candidato presidencial, Heberto Castillo. Pero entonces vino el gran fenómeno cardenista que movió a todo a la izquierda, a todo el país.

Heberto estaba ya en campaña. Había surgido con gran expectación la tendencia democrática en el PRI exigiendo un proceso abierto para elegir al candidato presidencial y Cárdenas encabezaba la rebelión. Al ser designado Carlos Salinas, renunció al PRI y formó el Frente Democrático Nacional. A él se sumaron el PARM y el PPS. Y de pronto apareció Aguilar Talamantes anunciando la transformación del PST en el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional y, además, daba su apoyo a Cuauhtémoc Cárdenas. Lo que nos había dicho meses atrás, y que todos creímos que era una estratagema por su forma de hacer las cosas, cobraba forma.

En el PMS, sin embargo, se llegó a creer que Cárdenas no crecería. Se pensaba que, apenas saliera de Michoacán, el ingeniero no iba a tener el mismo apoyo. Pronto se supo que en el partido había fallado el olfato político. Mientras el ingeniero imantaba a las masas, Heberto sólo tenía buenos eventos en Juchitán, en la costa de Guerrero, en el centro de Chiapas, en la capital veracruzana, en el D.F., en el Estado de México y en algunas ciudades de Oaxaca. Yo llegué a organizarle algunos buenos mítines en Jaral del Progreso y en León. Pero cuando iba el ingeniero, metía ocho mil en Irapuato, en Celaya diez mil, en Pénjamo cinco mil y en Guanajuato otro tanto. Cárdenas, sin duda, era todo un fenómeno electoral.

Entonces yo les decía a mis compañeros: "Los cuadros socialistas estamos al margen de la principal movilización política que hayamos visto en nuestras vidas". Al poco tiempo, ya era unánime en el PMS el planteamiento de una declinación a favor de Cárdenas. Pero por respeto a Heberto, por respeto al proceso, por mantener la unidad, por no romper al PMS que se acababa de constituir un año antes, en ese momento nadie se atrevió a escalar hacia una exigencia para que Heberto declinara. Siempre se le dio su lugar.

Cárdenas, mientras tanto, buscaba a nuestros dirigentes. Hubo múltiples reuniones con Gilberto, con Arnoldo Martínez, con Jorge Alcocer, con Graco, con Zambrano. Todos ellos tenían contacto y veían las condiciones para una declinación. Muchos nos hacían llamados para luchar juntos contra Salinas.

La presión creció en el PMS porque Cárdenas no aparecía en televisión, no tenía espectaculares, no tenía nada. Y, sin embargo, crecía. La gente hablaba de él, en el campo y en las ciudades, y caminaba y caminaba, y la ola cardenista era cada vez mayor.

Vine al D.F. a hablar con Gilberto Rincón para expresarle mis valoraciones. Y él me dijo:

—Carlos, todos compartimos tus preocupaciones, pero Heberto no acepta y no queremos lastimarlo; es nuestro candidato y el proceso de unidad nos costó mucho trabajo. Pero tienes razón, tenemos que convencer a Heberto.

Y así pasó abril, mayo y Heberto no aceptaba por ningún motivo la declinación. Decía: "Tengo legitimidad, fui electo en una elección abierta, somos la izquierda unificada.

No me está yendo tan mal en la gira".

Fue a finales de mayo, cuando estaba muy claro que la contienda era entre Cárdenas y Salinas. Heberto aceptó que se hiciera una encuesta. Por primera vez usábamos ese instrumento.

Jorge Alcocer y Eduardo González impulsaron la encuesta y se tomó la decisión de ponerle especial énfasis en las plazas donde Heberto había tenido las concentraciones más importantes. El resultado fue contundente. Heberto traía el 2 por ciento en la intención del voto nacional. Cárdenas superaba el 30 por ciento. Con la encuesta enfrente, Heberto dijo:

—No tengo nada más que decir—

Pero puso condiciones y pactó con Cuauhtémoc: uno, si ganamos hacemos un gobierno democrático, y le pusieron contenido al programa de gobierno. Dos, si no ganamos, no hay acuerdo con el gobierno, no hay integración al gabinete, no hay regreso al PRI. Entonces vino la declinación pública, la euforia nacional.

Esto ocurrió el 7 de junio de 1988. Un día después fue el primer encuentro público entre Cuauhtémoc y Heberto en Guanajuato. A mí me tocó recibir a Cárdenas en Apaseo el Grande. Ahí lo conocí.

—Ingeniero —me presenté—, soy Carlos Navarrete, secretario general del PMS en Guanajuato, cuente con...

—Muchas gracias —me interrumpió Cárdenas, y no dijo más.

Me subí al presídium y en ese momento comencé a tragar sapos porque ahí estaban los dirigentes estatales de Aguilar Talamantes. No quise ni saludarlos.

 

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EL INGENIERO CÁRDENAS arrancó su campaña presidencial con un PRD que tenía el 12 por ciento de las simpatías ciudadanas. Y a eso hubo que sumarle otro elemento: la irrupción del fenómeno político llamado Vicente Fox.

En los meses previos a la elección del 2000, en todos los partidos de oposición y entre la ciudadanía misma estaba claro que luego de setenta años en el poder había llegado ya el momento de sacar al PRI de Los Pinos. Y para ello se contaba con dos candidatos naturales: Cárdenas y Fox.

Por ello fue que desde que Andrés Manuel era presidente nacional se aceptó en el PRD la posibilidad de buscar una candidatura única con el PAN, y para ello se iniciaron pláticas, las cuales continuó luego Amalia García al llegar a la dirigencia nacional del partido.

Manuel Camacho elaboró lo que llamó "El cronograma de la transición", que no era otra cosa que el protocolo del acuerdo de lo que pasaría entre el 2000 y el 2006, con cámaras mayoritarias en manos del PAN y el PRD, con un presidente de esta coalición. Los temas espinosos, el aborto, el petróleo y otros, se dejaron a un lado. Pero todo sufrió una gran afectación cuando Diego Fernández de Cevallos se incorporó al grupo negociador. Traía una opinión totalmente adversa a que eso ocurriera y, a la hora de colocar el método para la elección del candidato, vino una posición irreconciliable.

El PAN, Fox y Diego proponían que el candidato se resolviera en una serie de encuestas nacionales. Cárdenas decía que no, y pedía una elección en urnas en todo el país. Nunca se pudo acordar el método conveniente para postular candidato. Se rompió el acuerdo y se fueron los dos por su cuenta.

Por esos días, López Obrador se encontraba en Tabasco realizando su llamada Gira de los Mil Pueblos. Buscaba por entonces volver a ser candidato a la gubernatura de Tabasco. Pero en el Distrito Federal al PRD le hacía falta alguien con su prestigio político. Y entonces muchos en el partido voltearon hacia Tabasco. Fueron a buscar a Andrés Manuel. Éste lo pensó, lo consultó con Cárdenas y se vino a buscar la candidatura por la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México.

Definido entonces que no habría alianza con el PAN, el PRD inició el proceso electoral de ese año con la esperanza centrada en dos candidaturas: la de Cárdenas por la Presidencia y la de Andrés Manuel por la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Aunque cada una en condiciones diferentes: en el D.F. el puntero era Andrés Manuel, mientras que el ingeniero arrancaba con apenas el 12 por ciento en las preferencias electorales.

Y sabiendo cómo estábamos en las encuestas, todos cerramos filas con Cárdenas. Fue, sin duda, la candidatura de la gratitud, del respeto, del reconocimiento a lo que había hecho el ingeniero desde 1988. Volvió a brotar nuestro espíritu de hombres y mujeres de partido. El ingeniero sabía en dónde estaba parado. Conocía los sondeos. Hizo un recorrido extraordinario, un esfuerzo personal que lo llevó a tener plazas y mítines con grandes concentraciones.

Pero Cárdenas no pudo superar el 19 por ciento, Labastida se cayó y Fox ganó la elección.

En el D.F., Marcelo Ebrard, candidato por el Partido del Centro Democrático, había declinado a favor de Andrés Manuel y esos votos contribuyeron a darle al PRD el pequeñísimo margen para ganarle a Santiago Creel.

 

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YO ESTUVE en la casa de campaña de Cárdenas aquel 2 de julio de 2000, cuando el ingeniero decidió en su despacho salir a reconocer que Fox había ganado. No se congratuló de que Fox hubiese triunfado, no lo felicitó. Es más, esbozó su duda de que eso terminara bien. "Los resultados no me favorecieron, hay un giro en el país con otro partido, la derecha llega al gobierno, y no creo que sea lo mejor para el país. Pero vamos a ver, ésa fue la decisión de los electores."

Salí poco después de las siete de la noche. A esa hora, en la radio, anunciaron que el presidente Zedillo daría un mensaje. Me dirigí a Monterrey 50, sede del PRD. Iba por avenida Chapultepec cuando escuché a Zedillo reconociendo que su partido había perdido la Presidencia y que Fox era el ganador. Me hice a un lado del carril, para escuchar bien.

Tuve plena consciencia de que estaba viviendo un cambio fundamental en el país, por lo que habíamos luchado tantos años, pero era una sensación agridulce. No había sido una sorpresa que el ingeniero perdiera, lo preveíamos desde que había empezado la campaña, y eso era una gran tristeza. Pero había también una cierta satisfacción de decir: por fin, el PRI está fuera del gobierno, perdió la Presidencia.

Yo conocía muy bien a Fox y nunca me entusiasmó; ni como gobernador, ni como candidato, ni como presidente. La relación con Fox empezó mal en 88 y terminó peor en 2006. Nunca le tuve confianza, ni esperanza, ni expectativas, ni nada, porque lo conocía muy bien. Sabía el tipo de persona que era, pero esa sensación agridulce me invadió toda esa noche. La sensación de decir: soy un mexicano que está viendo a sus cuarenta y cuatro años de edad la alternancia, la derrota del PRI. Mi esfuerzo ha sido parte de eso también.

Y entonces repasé mi vida, mis veinticinco años de carrera política hasta ese momento. Todo esto que he contado hasta ahora. Un recuento histórico de lo que viví desde 1975 hasta el 2000. Y me decía, una y otra vez: "Qué bueno, al fin el PRI está fuera de Los Pinos. Pero no somos nosotros".

Estaba ahí, en mi Dodge blanco modelo 97, estacionado frente al acueducto. Y me provocaba tristeza ver la tercera derrota de Cárdenas.

Recordé que los instantes anteriores, en su casa de campaña, habían sido muy emotivos. Yo estaba parado en la escalera de acceso a sus oficinas superiores, en su comité de campaña en Polanco, viendo cómo su gente lo arropaba, el largo aplauso de reconocimiento al que yo me sumé. Pero en ese momento pensé: "Claro que sabíamos que esto iba a pasar, claro que teníamos conocimiento de cómo iba a terminar esta campaña". Pero, independientemente de que lo supiéramos, Cárdenas era un hombre que había hecho un esfuerzo extraordinario durante su campaña; que había hecho lo que sabe hacer; que había dicho lo que sabe decir; que le había propuesto al país lo que él creía era lo mejor. Y resultaba doloroso reconocer que lo que él había iniciado en el 88, no lo viera coronado. Y que doce años después otro personaje fuera quien asumía el papel que a él le correspondía.

Años después me han preguntado si no me arrepentí de haber apoyado a Cárdenas. Siempre he dicho que no. Nunca. Y de ello da prueba una historia: En los días de campaña, Amalia convocó a una sesión de la Comisión Política en un restaurante. Fueron los gobernadores Alfonso Sánchez Anaya, Ricardo Monreal, la dirigencia nacional y los líderes de las corrientes nacionales del partido. Se trataba de hacer una evaluación de la campaña. Todos estábamos conscientes de dónde nos encontrábamos parados. Y, de pronto, el gobernador Monreal sugirió en la mesa que debíamos evaluar la posibilidad de cerrar filas con el candidato opositor para garantizar la derrota del PRI. Jamás dijo explícitamente que Cárdenas debía renunciar a favor de Fox, pero sí planteó, hasta donde era conveniente, la declinación por Fox.

Lo dijo así:

—Debemos evaluar si es el momento de unificar a la oposición para garantizar que el PRI salga del gobierno, sería una decisión estratégica, como la que Heberto tomó en el 88 y que le dio el giro a la elección presidencial. Unificar las oposiciones, nosotros no tenemos posibilidades.

Su planteamiento no fue mal recibido, por cierto. Pero el primero que le contestó categóricamente fui yo.

—No, Ricardo. El ingeniero Cárdenas es el ingeniero Cárdenas para nosotros. Es el fundador del PRD, es el hombre de las batallas desde el 87 para acá, es nuestro emblema en el PRD. Sumarnos a Fox hoy sería sumarnos en forma incondicional sin ninguna garantía. Yo conozco a Fox, no le tengo confianza, así ganara la Presidencia no le auguro un éxito. Lo conozco y no creo que la izquierda gane mucho sumándose. Creo que con quien debemos estar hasta el final es con Cárdenas, aunque perdamos. A mí me tocó atajar, y lo hice con convicción. Nunca más se volvió a hablar del tema.